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15/01/2026 23:07 • ACTUALIDAD • ACTUALIDAD
El 15 de enero de 2026, científicos de la Universidad de Edimburgo, junto a colaboradores de Grenoble Alpes, la Universidad Autónoma de Madrid y otras instituciones, publicaron en la revista Science un nuevo mapa del lecho rocoso de la Antártida. Utilizando imágenes satelitales de alta resolución, mediciones locales del grosor del hielo y el Análisis de Perturbación del Flujo de Hielo (IFPA), lograron superar las limitaciones de los métodos tradicionales que sólo capturaban datos puntuales.
El estudio identificó formaciones de entre 2 y 30 km de extensión bajo la capa helada, entre las que destacan:
Algunas de estas estructuras podrían haber surgido antes de los 34 millones de años de historia geológica que cubre la región, proporcionando una ventana única al pasado del continente.
El conocimiento detallado de la topografía subglacial es crucial porque la fricción entre el hielo y el lecho rocoso determina la velocidad de flujo glaciar. El mapa muestra que masas de hielo de hasta 3 km de espesor pueden deslizarse sobre cañones de 100 m de profundidad sin generar cambios perceptibles en la superficie, lo que había ocultado estas formaciones a métodos previos.
Este detalle permite refinar los modelos de proyección del nivel del mar, reduciendo la incertidumbre sobre cuánto se elevará el océano si la Antártida pierde masa de hielo bajo escenarios de calentamiento global.
Según el último mapa global Bedmap3, la Antártida posee una capa de hielo de 1.948 m de espesor medio, alcanzando 4.757 m en la zona oriental llamada Tierra de Wilkes. El volumen total de hielo asciende a 27,17 millones de km³, equivalente a una capa de 2 km que cubre toda la superficie terrestre.
El nuevo mapa complementa Bedmap3 al ofrecer una visión de la "rugosidad" del lecho rocoso entre los puntos donde antes sólo se disponía de datos de radar.
Los autores, entre ellos Helen Ockenden y Robert Bingham, señalan que la metodología puede ser aplicada a otras regiones polares y que los datos servirán para planificar futuras misiones científicas en la Antártida. Además, la información será útil para gobiernos y organismos internacionales que diseñen políticas de mitigación frente al cambio climático.
En conclusión, la Antártida ya no es una superficie lisa y desconocida; bajo su manto blanco se esconde un relieve complejo que ahora, por primera vez, podemos observar y comprender.