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24/02/2026 11:04 • Entretenimiento
Una historia de amor al arte que trascendió medio siglo y convirtió un pequeño pueblo checo en un tesoro visual único en el mundo.
Anežka Kašpárková —conocida cariñosamente como Agnes en español— se levantaba cada mañana con un propósito claro. Preparaba su desayuno mientras seleccionaba cuidadosamente el kit de pinceles y herramientas que usaría ese día. Luego, con la pintura de color azul ultramar en mano, recorría las calles de Louka, su pequeño pueblo en la República Checa, para dejar su huella artística en cada muro.
Esta mujer, apodada “malére?ka” (mujer que pinta adornos folclóricos), transformó visualmente su comunidad durante décadas, convirtiéndola en un destino que parece sacado de un cuento de hadas.
Corría 1967 cuando Agnes, quien trabajaba como agricultora en los campos de Louka, tuvo una idea que cambiaría para siempre la imagen de su pueblo. Con 40 años de edad y experiencia previa pintando huevos, adornos navideños y platos, decidió decorar el campanario del pueblo, una estructura construida en el siglo XVIII como símbolo de la recatolización de la región.
La capilla con su torre y campana en la cima era el punto de referencia católico para los habitantes del lugar. Cada verano, los niños recibían allí su primera comunión, y Agnes quería que el espacio estuviera presentable para esa ocasión tan especial.
Los diseños de Agnes correspondían al folclore de Moravia, región sur de República Checa. Utilizaba patrones típicamente azul ultramar de la subregión etnográfica de Hor?ácko. El color tenía un valor especial: era parte identitario de las costumbres locales y además aparecía en la bandera nacional. La vecina Ma?áková le proporcionó ese tono preciado que, en aquella época, resultaba costoso de conseguir.
Tras el éxito del campanario, Agnes comenzó a pintar cada fachada de las casas de sus vecinos. Nunca aceptó dinero por su trabajo; según los archivos de Louka, lo hacía únicamente por amor al arte y a las personas. Solo pedía que le proporcionaran la pintura necesaria para crear sus obras.
“¡Al fin y al cabo, soy artista! Simplemente lo disfruto y quiero contribuir a decorar el mundo un poco”, declaró alguna vez entre risas cuando los medios europeos la entrevistaron.
Cada año, Agnes creaba un nuevo patrón floral diferente al anterior. La artista aseguraba que ninguna de aquellas flores existía en la realidad; todas eran producto de su imaginación. Nunca planeaba sus diseños con anticipación: simplemente tomaba su pincel y dejaba fluir su creatividad sobre las superficies blancas.
El pueblo de Louka, que originalmente tenía casas blancas porque quedaban teñidas de hollín por la inexistencia de chimeneas, mantuvo ese tono durante el siglo XX. Fue Agnes quien le dio su identidad visual distintiva a finales de los años 60.
Anežka Kašpárková falleció en 2018 a los 90 años. Hasta unos días antes de su muerte, los vecinos podían verla arriba de los andamios, pintando con la misma pasión que la caracterizó durante cinco décadas. Nunca se cansó de caminar por su pueblo, y las ideas creativas permanecieron vivas en su mente hasta el último momento.
Actualmente, Marie Jagošová, sobrina de Agnes, ha asumido la responsabilidad de continuar con el trabajo de su tía. Cada año pinta la capilla y el campanario para que los niños reciban su primera comunión rodeados de los colores que se convirtieron en marca identitaria del pueblo.
Es importante destacar que cuando Agnes comenzó su labor artística, República Checa estaba bajo la tutela de la Unión Soviética y los discursos de la Guerra Fría dominaban el panorama político y mediático. En ese contexto, su arte floreció como una forma silenciosa pero poderosa de aportar belleza y esperanza al mundo.
Su historia nos recuerda que el arte puede transformar espacios físicos y también corazones, y que la dedicación constante a una pasión puede dejar una huella imborrable en una comunidad entera.
Fuente: LA NACIÓN - Información adicional: Czechology, Czechdesign, The Vintage News, Obec Louka.