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21/02/2026 22:07 • Actualidad
Durante décadas, el silencio en las casas marcó el inicio del llamado síndrome del nido vacío, cuando los hijos se independizaban. Hoy, en muchos hogares ocurre lo contrario: los cuartos siguen ocupados, las rutinas se cruzan y la independencia se aplaza indefinidamente.
El síndrome del nido lleno describe la permanencia de hijos adultos en el hogar de sus padres o su regreso tras haber vivido de forma independiente. No se trata solo de compartir un techo, sino de una convivencia prolongada entre adultos que reabre tensiones, redefine roles y genera sentimientos encontrados.
El primer factor suele ser económico. En varios países europeos, los datos muestran una brecha clara entre salarios y precios de alquiler, una situación que dificulta la independización incluso para quienes tienen empleo. España está entre los países con emancipación más tardía, alrededor de los 30 años.
Gustavo Rubén Cuenca, de 33 años y cajero de supermercado, explica su situación: "No me dan los números para irme por el tema del alquiler. Si pago un alquiler, por ejemplo, son $400.000 o $450.000. Después, tengo mi prepaga, más la comida y las tarjetas no llego".
En Argentina, el alquiler medio de un monoambiente en CABA es de $659.331 mensuales, según ZonaProp. Para igualar esta renta con un plazo fijo tradicional a 30 días, se necesita invertir $32.087.442 con una TNA del 25%.
Según el psicólogo Antonio Mundo, los hijos pueden experimentar bloqueo, ansiedad y baja autoestima. Otro riesgo es la llamada infantilización silenciosa, donde adultos que, pese a su formación o experiencia, delegan responsabilidades básicas en sus padres.
Para los padres, el nido lleno suele vivirse con ambivalencia. Por un lado, el alivio de tener cerca a los hijos; por otro, la frustración de no poder iniciar una etapa distinta de la vida. La psicóloga Nuria Urbano señala que muchos sienten que su propio proyecto vital queda en pausa, atrapado entre el deber y el deseo de recuperar su independencia.
Un estudio del Banco de España indica que convivir con hijos mayores de 30 años disminuye el bienestar parental, especialmente en madres.
El psicólogo Jorge Martín Pegoraro introduce un término clave: "adultescencia". "Tengo 35 años, pero soy un estudiante, entonces vivo con papá o mamá y por más que tenga un laburo bárbaro, voy y viajo, vivo como si tuviera 20", describe.
Esta mezcla de adultez y vida adolescente aparece en algunos casos donde la independencia no significa mudanza, pero la convivencia tampoco implica dependencia sana. El especialista advierte que hay mucha gente que no sabe estar sola: "Entre irse a vivir solo o quedarme con mis viejos que me resuelven gran parte de las cosas y tengo su contención, prefiero quedarme".
Los expertos coinciden en que la salida no pasa por expulsar a nadie, sino por redefinir la relación. Establecer acuerdos claros sobre responsabilidades, economía y normas de convivencia, y asumir que se trata de una etapa temporal, puede reducir tensiones.
A veces es un camino de ida y vuelta. El desafío está en convivir sin renunciar al crecimiento personal de cada miembro de la familia.