12/03/2026 20:11 - Actualidad
En tiempos donde el cemento y el acero dominan la construcción moderna, una arquitecta entrerriana decidió mirar hacia atrás para avanzar. El resultado es una vivienda que parece fusionarse con el paisaje rural de Entre Ríos.
María Verónica Stivanello nació en Chajarí, una ciudad del norte entrerriano marcada por la producción citrícola. Tras graduarse como arquitecta en la Universidad Nacional de Córdoba, completó sus estudios en la Universidad de Salerno, Italia, donde comenzó a interesarse por materiales alternativos.
"Mientras trabajaba en la tesis me empezó a picar el bichito de investigar otros materiales, algo que en la facultad prácticamente no habíamos visto", recordó en diálogo con Infobae. Esa curiosidad la llevó a estudiar sistemas de construcción con tierra, técnicas tradicionales utilizadas desde hace miles de años.
La vivienda fue levantada con adobes, ladrillos de tierra cruda que se secan al sol y se colocan con una mezcla natural. La fórmula básica incluye:
Para los revoques exteriores, Verónica incorporó ingredientes inusuales: cenizas de fogón y claras de huevo, elementos que ayudan a estabilizar la mezcla y mejorar su resistencia.
Uno de los rasgos más llamativos de la casa es su diseño ondulante. Las paredes no siguen las líneas rectas típicas, sino que se curvan suavemente generando una estética orgánica que dialoga con el paisaje rural.
En el interior, la arquitecta dejó una pared sin revocar donde los adobes quedaron a la vista. Ella la llama "la ventana de la verdad": "Es una parte que dejamos sin revocar para que se vea cómo está hecha la casa".
Las paredes no llevan pintura artificial. Los tonos provienen directamente de las arcillas utilizadas:
Para el techo, Verónica incorporó una solución poco común: un techo vivo, una cubierta vegetal que funciona como aislante natural. La estructura está hecha con madera de eucalipto y sobre ella se colocaron capas de aislantes, una geomembrana impermeable y un sustrato vegetal.
"Hoy, el techo se comporta casi como un pequeño ecosistema. Entre las especies aparecen verdolagas, verbenas, pastos y otras plantas que los pájaros van sembrando con el tiempo", explicó.
La vivienda de 140 metros cuadrados está organizada en una sola planta. El espacio principal integra cocina, comedor y living en un ambiente amplio pensado para reuniones y talleres. También cuenta con dos habitaciones, un baño principal, un lavabo, una galería exterior y un sector de parrillero con horno de barro.
El entorno acompaña la misma filosofía: un parque con frutales, huerta y sectores de descanso, una pérgola cubierta con glicina, una piscina y un pequeño galpón de herramientas.
Para muchas personas, hablar de casas de barro todavía remite al imaginario del rancho precario. Por eso, el objetivo de Verónica fue demostrar lo contrario:
"Queríamos hacer una casa prolija, bien construida, con las paredes a plomo, usando herramientas y maquinaria como en cualquier obra".
La inercia térmica del barro hace su magia silenciosa: en un día de calor intenso, el interior se mantiene fresco sin aire acondicionado.
En 2017, Verónica tomó un taller con Jorge Belanko, reconocido constructor y difusor de la bioconstrucción en América Latina. Belanko, un albañil autodidacta que enseña técnicas de construcción con tierra desde hace décadas, se convirtió en su mentor.
"Ahí empezó realmente el aprendizaje", contó la arquitecta, quien comenzó a recorrer talleres y obras donde se levantaban paredes con barro y se transmitían conocimientos que muchas veces no aparecen en los manuales académicos.
La construcción no siguió los tiempos habituales. Entre pausas por la pandemia, dificultades para conseguir mano de obra especializada y etapas de secado de los materiales, el proyecto llevó 5 años.
El mayor obstáculo fue encontrar albañiles dispuestos a trabajar con técnicas poco habituales. "Pasaron varios obreros por la obra hasta que encontramos uno que se animó", recordó Verónica, quien tuvo que enseñar las mezclas y adaptar los métodos de trabajo.
Alfredo S. Quiroga
Conspiraciones