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06/02/2026 17:10 • Salud
La migraña es una enfermedad neurológica que afecta a millones de personas en todo el mundo, caracterizada por un dolor de cabeza pulsátil y una sensibilidad aumentada a la luz, sonido y movimiento. Durante los meses cálidos, varios factores externos actúan como detonantes que intensifican los episodios.
El cuerpo regula la temperatura mediante la sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos cutáneos. En personas con migraña, estos vasos son particularmente sensibles; su dilatación genera inflamación y el cerebro interpreta este proceso como dolor, sin que exista una infección subyacente.
La exposición a luces brillantes, especialmente a la luz azul y a los reflejos solares en pantallas o superficies, sobrecarga las vías sensoriales del dolor (tálamo y corteza visual). Este exceso de estímulo puede desencadenar una crisis de migraña, aumentando la fotofobia típica de la enfermedad.
Vacaciones, cambios de horario de sueño, saltarse comidas o variaciones en los niveles de estrés modifican los patrones circadianos y metabólicos, factores que el cerebro migrañoso percibe como amenazantes, favoreciendo la aparición de ataques.
Al perder líquidos, el cerebro, suspendido en el líquido cefalorraquídeo, disminuye de tamaño y genera tensión en los puntos de unión del cráneo, incrementando la presión intracraneal y, por ende, el dolor.
Tormentas eléctricas, variaciones de presión y alérgenos como el polen aumentan la liberación de histamina, un mediador que también puede precipitar crisis en personas predispuestas.
Visitar a un neurólogo especializado en cefaleas permite diseñar un plan preventivo personalizado. La revisión de la terapia farmacológica, el ajuste de los horarios y la educación sobre los desencadenantes son claves para mejorar la calidad de vida durante el verano.
Con estas medidas, muchos pacientes logran reducir tanto la frecuencia como la intensidad de sus crisis, disfrutando de una temporada estival más saludable.