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22/02/2026 09:10 • Politica
En el oficialismo hay peleas que nunca terminan de cerrarse. Apenas bajan el volumen, reaparecen con nuevos gestos, silencios incómodos o escenas cuidadosamente coreografiadas. La relación entre Victoria Villarruel y el núcleo duro del poder libertario es una de ellas.
En los últimos días, una secuencia de episodios menores pero elocuentes volvió a poner el tema en agenda. Desde el saludo protocolar de la vicepresidenta en el Senado durante el debate de la reforma laboral —respondido apenas con un gélido gesto por Karina Milei— hasta una nueva gira provincial que alimentó lecturas políticas de todo tipo.
Villarruel volvió a mostrarse en territorio, esta vez en La Rioja, con el pretexto institucional de asistir a la Fiesta Nacional de la Chaya. Allí ocurrió lo inevitable: foto sonriente con el gobernador Ricardo Quintela, uno de los peronistas más críticos del gobierno nacional.
La escena no pasó desapercibida. Tampoco el esfuerzo de la TV Pública por evitar mostrarla en la transmisión oficial del festival, ni su posterior decisión de mezclarse entre la gente y bailar, desafiando cualquier intento de invisibilización.
No es la primera vez que la vicepresidenta incomoda al Ejecutivo con este tipo de movimientos. Ya lo había hecho con viajes frecuentes, con contactos con mandatarios provinciales de signo opositor y, en su momento, con aquella foto en España junto a Isabel Perón. Su explicación es siempre la misma: el Senado es la Casa de las Provincias y recorrerlas forma parte de su rol. Pero en política, la literalidad rara vez alcanza.
Lo que inquieta no es solo lo que Villarruel hace, sino lo que podría estar insinuando. Para el resto del sistema político, sus gestos funcionan como signos de interrogación: ¿está construyendo un perfil propio, autónomo del mileísmo? ¿Explora un futuro político más amplio que el corsé libertario?
Si esa fuera la intención, el tiempo juega en contra: el calendario electoral empieza a apretar y las definiciones no suelen esperar demasiado.
Del otro lado, en el entorno de Javier Milei, la idea de repetir la fórmula no parece estar sobre la mesa. La eventual reelección del Presidente abre automáticamente otra discusión: quién podría acompañarlo en una nueva candidatura.
Las encuestas, como las de Opinaia, hoy favorecen al primero, aunque el escenario está lejos de cerrarse.
Milei llegó al poder con una alianza mínima, pero efectiva. Villarruel le aportó un segmento del electorado duro que no le era propio.
De cara al futuro, el dilema es clásico: buscar un compañero de fórmula que sume votos nuevos o apostar por alguien del riñón, que garantice lealtad absoluta.
Todo indica que el oficialismo se inclina por lo segundo, incluso al costo de aislarse.
Hoy, frente a una oposición fragmentada y desorientada, el Presidente mantiene buenas chances. Pero en la Argentina, un año es una eternidad. La economía, el empleo y la estabilidad política terminarán de definir escenarios que hoy parecen apenas conjeturas.
La interna entre Milei y Villarruel no es un chisme palaciego: es un síntoma. Y como todo síntoma, anticipa que las chispas volverán a aparecer a medida que se acerque el momento de las decisiones grandes.
Mientras tanto, Villarruel volverá a quedar a cargo del Poder Ejecutivo cada vez que Milei viaje al exterior, como ocurrirá nuevamente rumbo a Estados Unidos para actividades vinculadas a Donald Trump. En esos interinatos, la vicepresidenta suele mostrarse cauta, de bajo perfil, casi institucional al extremo. Pero la tensión de fondo no desaparece.
Porque en política, casi nada se resuelve del todo. Y mucho menos cuando el poder todavía está en juego.