Un estudio publicado en Frontiers in Mammal Science revela que un cinodonte hallado en La Rioja conserva una señal microscópica en sus huesos que sugiere que este ancestro de los mamíferos pudo haber parido crías vivas, adelantando la aparición de la viviparidad entre 90 y 95 millones de años.

Un hallazgo que desafía la historia evolutiva

Un equipo de científicos argentinos, liderado por el paleontólogo Leandro Gaetano del CONICET, ha descubierto en la provincia de La Rioja un fósil de Chiniquodon theotonicus que podría cambiar lo que se sabía sobre la reproducción de los primeros mamíferos. El análisis microscópico de los huesos de este animal, que vivió hace unos 236 millones de años durante el período Triásico, revela una línea neonatal: una marca de crecimiento no cíclica que en las especies actuales se asocia al cambio fisiológico que ocurre inmediatamente después del nacimiento.

Este descubrimiento, publicado el 13 de agosto de 2026 en la revista Frontiers in Mammal Science, sugiere que el nacimiento de crías vivas (viviparidad) apareció en el linaje de los mamíferos entre 90 y 95 millones de años antes de lo que se estimaba hasta ahora. La investigación se centró en un ejemplar identificado como CRILAR-PV109, procedente de la Formación Chañares, uno de los yacimientos más importantes para reconstruir los ecosistemas sudamericanos del Triásico.

¿Qué es un cinodonte?

Los cinodontes son un grupo de vertebrados extintos que vivieron durante el Triásico y que se consideran antepasados directos de los mamíferos modernos. Eran animales de sangre caliente, con pelo y glándulas mamarias incipientes, pero a diferencia de los mamíferos actuales, la mayoría ponía huevos. Este nuevo hallazgo sugiere que algunos de ellos ya habían desarrollado la capacidad de parir crías vivas.

La clave: una marca microscópica en los huesos

Los investigadores examinaron el fémur y la fíbula del ejemplar y encontraron una transición muy marcada en el tejido óseo. A un lado había tejido formado durante la etapa embrionaria; al otro, hueso producido después del nacimiento. Esta frontera, conocida como línea neonatal, se conserva raramente en fósiles porque la remodelación ósea suele destruir los tejidos tempranos. En este caso, la pequeña cavidad medular y el escaso remodelado permitieron preservar esta evidencia.

Datos que sorprenden: el peso al nacer

La línea neonatal permitió estimar por primera vez la masa corporal de Chiniquodon theotonicus al nacer: aproximadamente 1,7 kilogramos. El animal adulto pesaba alrededor de 12 kilogramos al morir, lo que significa que el recién nacido representaba cerca del 14% del peso adulto, una proporción muy alta para un animal de ese tamaño.

Para poner estos datos en contexto, el equipo comparó el fósil con una base de datos de especies actuales que incluye 1.869 mamíferos, 2.619 reptiles y 782 aves. Los resultados mostraron que la proporción entre el peso al nacer y el peso adulto de este animal se asemeja más a la de los mamíferos placentarios (que pueden alcanzar hasta un 18,77%) que a la de reptiles (0,1%-0,6%) o aves (1,3%-4,5%).

Implicancias para la evolución

Hasta ahora, la aparición de la viviparidad se ubicaba entre fines del Jurásico y comienzos del Cretácico, asociada principalmente a los terios (marsupiales y placentarios). Este hallazgo adelanta esa fecha al Triásico Superior, lo que plantea nuevos interrogantes: ¿la viviparidad apareció de forma independiente en diferentes linajes o surgió una sola vez en un ancestro común y luego se perdió en los monotremas (ornitorrincos y equidnas), que hoy ponen huevos?

El equipo liderado por Gaetano no puede responder aún a esta pregunta, pero sostiene que “es muy posible que Chiniquodon theotonicus no represente un caso aislado, sino una evidencia del cambio general desde la puesta de huevos hacia el nacimiento de crías vivas en una etapa temprana del linaje de los mamíferos”. El contexto ambiental del Triásico, con mayor aridez y fuerte estacionalidad, podría haber favorecido la retención de embriones dentro del cuerpo materno, protegiéndolos de la desecación.

Este descubrimiento, realizado íntegramente en Argentina, demuestra una vez más la importancia de los yacimientos patagónicos y del noroeste argentino para la paleontología mundial.