19/06/2026 16:36 - Tecnologia
Ilustración digital de un planeta rosado con nubes atmosféricas en el espacio profundo
Desde su descubrimiento en 2013, GJ504b ha sido un enigma para los astrónomos. Conocido popularmente como el "Planeta Rosa" por su tono magenta en las primeras representaciones artísticas, este objeto orbita a la estrella GJ504 a una distancia de 43,5 unidades astronómicas, comparable a la región más externa de nuestro sistema solar.
Su masa estimada oscila entre 4 y 30 veces la de Júpiter, ubicándolo en la frontera difusa entre los planetas gigantes y las enanas marrones —objetos demasiado grandes para ser planetas convencionales pero demasiado pequeños para convertirse en estrellas. Por esta razón, los científicos prefieren llamarlo "compañero de masa planetaria".
Durante años, los mayores telescopios terrestres dedicaron noches completas intentando obtener un espectro útil de GJ504b sin éxito. El brillo de su estrella anfitriona eclipsaba completamente la débil luz del objeto, como intentar ver una luciérnaga junto a un foco de estadio.
El telescopio espacial James Webb, con su capacidad para observar en infrarrojo y sus avanzadas técnicas de procesamiento, logró separar la luz del planeta de la de su estrella en apenas dos horas. El estudio fue liderado por Aneesh Baburaj de la Universidad Northwestern y publicado en The Astronomical Journal.
Cuando la luz atraviesa una atmósfera, ciertos gases absorben colores específicos. Al descomponer esa luz en diferentes longitudes de onda, los astrónomos pueden identificar qué moléculas están presentes. Es como un código de barras químico único para cada planeta.
Los modelos atmosféricos iniciales no encajaban con las observaciones: generaban atmósferas físicamente imposibles. El enigma se resolvió cuando el equipo introdujo un ingrediente inesperado: nubes de sales metálicas.
Compuestos como el cloruro de potasio y el sulfuro de zinc actúan como una cortina atmosférica que oculta las capas más profundas del planeta y modifica la luz que llega al telescopio. Es la primera evidencia directa de este tipo de nubes en un objeto tan frío.
Aunque en la Tierra asociamos la sal con los océanos, en mundos con condiciones extremas los minerales pueden evaporarse, condensarse y formar nubes flotantes. El cielo de GJ504b sería más parecido a una sopa química exótica que a cualquier atmósfera conocida en nuestro sistema solar.
El hallazgo trasciende a GJ504b. Los astrónomos llevan años intentando acercarse a objetos cada vez más fríos y débiles porque ahí está una parte crucial de la comparación con los planetas gigantes del sistema solar, como Júpiter y sus nubes de amoníaco.
El Webb demostró que puede separar la luz de un objeto frío, extraer su espectro y obligar a los modelos a incorporar nubes que antes eran solo predicciones teóricas. Esto abre la puerta a estudiar otros mundos aún más apagados, donde la luz llega casi como un susurro.
Fuentes: La Razón, Universidad Northwestern, The Astronomical Journal, catálogo de exoplanetas de la NASA.
Alfredo S. Quiroga