15/02/2026 22:04 • Internacionales
La comunidad de seguridad transatlántica está fracturada. Con Trump priorizando el hemisferio occidental y amenazando a aliados históricos, europeos y canadienses diseñan nuevas arquitecturas de defensa basadas en coaliciones de voluntarios. El costo de defender Europa sin Washington alcanzaría un billón de dólares en 25 años.
El quiebre de la arquitectura transatlántica
La comunidad de seguridad transatlántica —basada en la confianza mutua, la solidaridad ante agresiones externas y el impensable uso de la fuerza entre aliados—
ya no existe. Esta afirmación, lejos de ser alarmismo, refleja una realidad estructural que trasciende la personalidad de Donald Trump y se profundiza con el movimiento MAGA.
En la
Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada entre el
13 y 15 de febrero de 2026, Washington reafirmó superficialmente su compromiso con la OTAN. Sin embargo, como señala la analista Claudia Aranda para Pressenza,
"nadie reafirma aquello que no está en cuestión". El hecho mismo de que la lealtad estadounidense deba ser ratificada públicamente indica un momento de fisura, no de estabilidad.
Washington amenaza a sus propios aliados
La administración Trump ha cruzado líneas rojas que antes eran impensables.
Canadá y Dinamarca han sido blanco directo de Washington, que busca imponer hegemonía en todo el hemisferio occidental. Las amenazas incluyen:
- Soberanía de Groenlandia: Aunque Trump parece haber retrocedido temporalmente en sus amenazas de anexión, la presión persiste.
- Espacio aéreo canadiense: Washington amenazó con violarlo si Ottawa renuncia a la compra de 88 aviones F-35.
- Base de Pituffik: Demanda de cesión de soberanía sobre esta instalación militar estratégica.
- Apoyo al secesionismo: Estados Unidos habría apoyado movimientos secesionistas en Alberta (Canadá) y Groenlandia.
Más de una cuarta parte de los seguidores del movimiento MAGA está a favor del uso de la fuerza contra Groenlandia, según revelan encuestas recientes citadas por el investigador Justin Massie en Le Grand Continent.
El diagnóstico canadiense: el orden antiguo no volverá
El primer ministro canadiense,
Mark Carney, pronunció en
Davos un diagnóstico inequívoco:
"El antiguo orden no se restablecerá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia".
Este reconocimiento es crucial: el cambio no es coyuntural ni reversible. Estamos ante un
cambio de paradigma cuyos efectos estructurales se sentirán mucho más allá de la presidencia de Trump.
Las corrientes que dominan Washington
Dos corrientes estructuran el pensamiento estratégico dominante en Washington, según el análisis del investigador Justin Massie:
1. Los "prioritizers": Consideran que China es la amenaza central y que para enfrentarla hay que reducir compromisos en otros lugares, incluso abandonar aliados.
2. Los "restrainers": Procedentes del núcleo duro de MAGA, abogan por un reenfoque radical en el continente americano para abordar amenazas internas percibidas como inmigración, desindustrialización y pérdida de poder adquisitivo.
Ninguna de estas corrientes propone una alianza transatlántica fuerte.
El costo de la autonomía europea
Las cifras son impactantes. Para defender Europa sin Estados Unidos, el
Instituto Internacional de Estudios Estratégicos estimó un costo de
un billón de dólares estadounidenses comprometidos durante un periodo de 25 años.
Además, habría sido necesario sustituir los
66.000 millones de euros en suministros militares que Washington concedió a Kiev entre 2022 y 2025. La guerra en Ucrania, que se acerca a su cuarto aniversario, evidenció la incapacidad europea europea de sostener un conflicto prolongado sin apoyo logístico y armamentístico estadounidense.
Tres modelos para el futuro de la defensa euroatlántica
Ante este escenario, el investigador Justin Massie propone tres modelos posibles para reimaginar la arquitectura de defensa post-OTAN:
1. Desamericanizar el mando de la OTAN
Consistiría en sustituir oficiales estadounidenses en puestos de mando clave como el
Mando Supremo Aliado en Europa (SACEUR), los mandos regionales de fuerzas conjuntas de Nápoles y Norfolk, y los mandos de fuerzas aéreas, terrestres y marítimas.
Desventajas: La necesidad de decisiones por unanimidad podría paralizar el proceso, y existe el riesgo de provocar una crisis abierta con Washington.
2. Reforzar el "pilar europeo" de la Alianza
Implicaría la construcción de una capacidad militar independiente mediante presupuestos de defensa mutualizados, capacidad de anticipación doctrinal y creación de un verdadero Consejo de Seguridad europeo.
Desventajas: Supone una voluntad política de federalización que pocos Estados miembros están dispuestos a asumir, y marginaría a aliados esenciales fuera de la UE como Reino Unido, Canadá, Noruega y Turquía.
3. Coaliciones de voluntarios (el modelo más viable)
Basado en un
minilateralismo asumido, permite compartir la carga de forma variable según escenarios y prioridades. Ejemplos actuales incluyen:
- Coalición de Voluntarios para Ucrania
- Despliegue de fuerzas europeas en Groenlandia
- Fuerza Expedicionaria Conjunta
- NORDEFCO (cooperación de defensa nórdica)
- Operación Arctic Sentry en Groenlandia
Este modelo ofrece agilidad, capacidad de reacción y credibilidad operativa. A largo plazo, la multiplicación e interconexión de estas coaliciones podrían esbozar una
arquitectura de seguridad en red, menos pesada que la OTAN pero más robusta ante una retirada estadounidense.
La paradoja nuclear
La OTAN enfrenta además una crisis de identidad nuclear. Las advertencias de
Vladimir Putin sobre la posibilidad de un ataque nuclear han generado inquietud en varios países europeos, que se ven obligados a replantear su postura de seguridad.
Irónicamente, mientras Washington presiona a Europa para que se rearme contra Rusia, la industria armamentística estadounidense es la principal beneficiaria. Una parte sustantiva del aumento del gasto militar europeo se canaliza hacia la compra de sistemas de armas producidos por corporaciones estadounidenses.
La lección de Lisboa
En la
Cumbre de Lisboa de 2010, el entonces presidente ruso
Dmitri Medvédev asistió como invitado y junto a
Barack Obama buscó cerrar conflictos. Medvédev declaró entonces que
"miramos con optimismo al futuro", mientras Obama veía a Rusia como socio, no adversario.
Aquella visión hoy parece pertenecer a otra era. La OTAN debe reevaluar no solo su estrategia militar, sino también la posibilidad de establecer un diálogo constructivo con Rusia.
El desafío democrático interno
Las tensiones no se limitan al eje Washington-Moscú. En países como Portugal, la política doméstica condiciona la proyección exterior. El aumento del gasto militar compite con demandas sociales en sociedades marcadas por inflación, crisis energética y fatiga política.
La OTAN exige cohesión presupuestaria y compromiso estratégico. Las democracias europeas enfrentan electorados cada vez más fragmentados y críticos de la militarización prolongada.
Conclusión: el fin no significa el abandono
Pensar la arquitectura de seguridad euroatlántica sin Estados Unidos no es un ejercicio teórico ni una provocación estratégica. Es una necesidad política y militar dictada por la erosión duradera del vínculo de confianza transatlántico.
El fin de la OTAN como la conocemos
no significa el fin de toda cooperación transatlántica. Pero impone una refundación lúcida de los compromisos de seguridad. La prioridad ya no puede ser la preservación simbólica de un orden heredado, sino la construcción de capacidades políticas, industriales y militares capaces de responder a un mundo donde la garantía estadounidense ya no puede darse por sentada.
Fuentes: Le Grand Continent, Pressenza, Cierval